Los horarios laborales en Francia

¡Cuántas veces los trabajadores de una filial francesa en España se han quedado sorprendidos a la hora de telefonear a la sede en Francia! A las 18h a veces antes, la llamada sonaba para las paredes: ¡todos se habían ido! ¿Qué? Mientras que en España es frecuente que los empleados acaben el trabajo hacia las 20h, ¿cómo es posible que estos franceses ya hayan tomado el portante a las 18h?

Esto es porque los horarios laborales, en Francia, son radicalmente diferentes. Y si la ley sobre las 35h ha reducido, efectivamente, la jornada laboral, ésta no ha cambiado, fundamentalmente, las cosas en relación con las 40h semanales de antes: cuando se han hecho las horas, se haya acabado o no el trabajo, se marcha y, de todas formas, si se sigue, entonces, automáticamente, se pagan las horas extras. ¡Gran diferencia entre Francia y España!

Claro está que hay que matizar. Mientras que la jornada típica de un trabajador empieza a las 8h para acabar hacia las 17h (con 1h de pausa, aproximadamente, para almorzar), los ejecutivos llegan más bien hacia las 9h y a menudo no se van hasta las 20h (sin que, obligatoriamente, estas horas extras estén pagadas).

Esta manera de concentrar el esfuerzo en un lapso de tiempo reducido es típicamente francesa. Piensen que, por ejemplo, la jornada escolar de los niños, que se benefician de dos semanas de vacaciones cada mes y medio, es larga y cargada. ¿Qué hay que hacer, entonces, para ser productivos en estas condiciones? Los franceses os contestaran con orgullo que su índice de productividad es uno de los más elevados del mundo: es verdad, ¡hay que compensar!

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Hablar de dinero en Francia

En Francia, ciertos asuntos se abordan lo menos posible; para ser sinceros, son tabú: es el caso del dinero. Dejando aparte las generalidades del uso de la cuestión, los franceses nunca hablan de dinero, y especialmente de su dinero.

Incluso entre amigos o en familia, sólo nos queda imaginar, suponer o deducir el salario de una persona en función de su nivel de vida. Es inimaginable que se pueda preguntar directamente a alguien cuáles son sus ingresos, ni que una persona nos anuncie, de la manera más natural del mundo, cuánto gana al mes. Tanto en un caso como en otro, es el colmo de la vulgaridad y del mal gusto. Y siempre es un tema que queda “desplazado”. Los franceses, en esto, son muy diferentes de otros pueblos (los norteamericanos, por ejemplo).

¿Por qué hay tanta discreción sobre este tema? El motivo es que para ellos el dinero es a menudo algo sucio. La riqueza es, por cierto, sospechosa, los “signos externos de riqueza” a menudo están menospreciados o son motivo de burla.

En el trabajo, por regla general, ocurre lo mismo. No sabréis el salario de vuestros compañeros; por cierto, nunca hablaréis de esto con ellos. Como máximo, supondréis, en función de su antigüedad, de su puesto de trabajo, de sus calificaciones, que Fulanito gana aproximadamente tantos euros al mes. Este cálculo, para “situar” al otro, se hace casi de forma inconsciente y automática. Todo el mundo está acostumbrado a esto, todos lo hacen, de tal forma que esto no molesta a nadie.

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